Desde que nació se destacó por ser una niña muy alegre, sus ojos azules irradiaban una luz que llenaba de alegría y felicidad a cuantos la conocían. Era espontánea, juguetona, siempre dispuesta a la risa cantarina, incansable en su poder de maravillarse con todo y con todos.
Muchos se asombraban de su capacidad de “ver más allá”. Adivinaba dónde se encontraban los objetos perdidos, reconocía la música de autores clásicos y románticos sin haber estudiado música y a muy temprana edad, aprendía por sí sola y sin ninguna dificultad, a hacer las cosas que a otros niños les tomaba mucho más tiempo y esfuerzo. Nació en una familia en que reinaba el amor y la ternura.
Pero esto sólo duró unos pocos años. La muerte, el dolor, la tristeza y la desesperanza se apoderaron de los adultos de su familia a raíz de acontecimientos dolorosos y pérdida de seres queridos. Y a esta pequeña le enseñaron a reprimir su alegría, a llorar a escondidas para no causar más dolor a los demás. Y fue adoctrinada en que no valía la pena, que era una persona malvada, que nadie la iba nunca a amar, que ella misma era incapaz de amar. Y ella lo creyó y fue muy buena alumna. Se convenció de que su vida no valía la pena y que el enorme dolor y sufrimiento que llevaba dentro, nunca iba a desaparecer. Aprendió muy pronto a odiarse a sí misma. La imagen que estos adultos le pintaron acerca de sí misma era francamente digna de ser odiada.
Pero su infinita bondad seguía viva en su interior. Despreciándose a sí misma, siguió de la mejor manera que pudo, dando amor a los demás. Naturalmente, nadie era capaz de verlo.
Su avidez por conocer y aprender la llevaron a estudiar acerca de dios y el amor, en una familia que se declaraba y actuaba como atea. Seguía siendo una valiente. Se dedicó a enseñar a otros acerca de las maravillas del amor de Dios, porque había descubierto que a pesar de ser una persona miserable, dios la amaba por sobre todas las cosas. Quiso compartir esta verdad con los más pequeños.
Pero pronto se dio cuenta de que esto no era suficiente. Cuando las personas están tan profundamente heridas, no basta con cubrirlas con un manto de amor divino. Necesitan sanar y volver a amarse a sí mismas como en un principio.
Decidió entonces seguir estudiando y aprender a ayudar a las personas desde la psicología. Adquirió herramientas que le permitían apoyar a otros en los intentos por resolver sus problemas y lo logró. Los pacientes terminaban las terapias conformes porque habían recibido lo que habían venido a buscar.
Pero todo esto no lograba llenar su corazón. Las lágrimas inundaban su interior permanentemente. Se sentía triste y deprimida. Pero nunca se dio por vencida y se definió a sí misma como una persona en búsqueda de la felicidad.
Lo pidió al Universo con tal intensidad que su súplica fue escuchada. Por varios medios simultáneamente le llegó la información de cómo rehacerse, de cómo volver a conectar se con esa fuente inagotable de amor divino que hay en su interior. Pronto, rápido y sin ningún esfuerzo, volvió a ser la misma persona que al principio. Habían pasado cincuenta años desde que naciera, pero volvía a ser aquella pequeña, llena de vida y amor, que deslumbra a todos con su mirada, con su palabra y su inmensa ternura.
Hoy está aquí para compartir contigo este camino. Ella ya sabe como lograr la plena felicidad y el amor perfecto y te va a enseñar como hacerlo tú mismo y por ti mismo.
Siempre es posible volver a empezar. Siempre es posible anteponer el amor. Siempre es posible volver a ser perfectos.
Si en algún momento el camino se hace cuesta arriba, ten la seguridad que al llegar a la cima, sólo te queda volver a bajar, renovado, transformado, e iluminar a quienes te rodean.

